La luz del crepúsculo iluminaba casi toda la bahía.
Había estado dando tumbos casi un día completo, ahora el estaba en la playa sentado en la arena, de espaldas al mar, nunca le gustó la indecisión de las olas, decía: ahora viene, luego se va, ahora viene, luego se va, nunca se queda, nunca se va para siempre.
Su actitud ante la vida tampoco fue de ir de cara, nunca afrontó ningún problema de frente.
Pero ahora se sentía diferente, se sentía en la obligación de no mirar a otro lado o situarse de perfil.
--Ahora quiero vivir otro tiempo,
creo que es el momento.
Ahora quiero cambiar
sin necesidad de olvidar.--
No era una persona melancólica, nunca se había cuestionado ni el principio ni el rumbo de su vida. La simplicidad siempre fue una consigna a seguir, vio a su alrededor demasiada racionalidad. No hace mucho tiempo perdió a su mejor amigo por no profundizar en sus sentimientos, por no entender lo que era evidente. Le dio igual y aunque le dolió no quiso reaccionar.
Pero la noche anterior cambió su vida, nada podía seguir siendo igual. Aquella noche que estuvo leyendo, aquella noche que acabó leyendo con los ojos cerrados, aquella noche le hizo ver la luz, aunque el sabía que era luz oscura.
Lo blanco tornó en negro, su seguridad pasó a ser duda y su cómoda vida llenó de piedras su camino. Ni las lágrimas le impidieron ver lo inevitable.
A la mañana siguiente, sin embargo, antes de levantarse, se percató de que su ánimo había vuelto a cambiar, pero ahora de una manera que le pareció sólida y duradera. Una serenidad extraña e imprevista se había apoderado de todo su organismo: comenzaba en los pies, subía por las piernas hasta la cintura, el pecho y los brazos y alcanzaba la cabeza en una profunda sensación de calma, que llegaba a su cerebro desde los poros de la piel y también a través de una respiración pausada y regular, cada vez más relajada.
En una potente secuencia de imágenes, ideas y sensaciones que él no dominaba del todo, y que no podía ni quería parar, vio pasar por delante suya todos los errores y todos los aciertos que había tenido en su vida adulta.
Mientras ponía el pie izquierdo en el suelo encontró lo que andaba buscando desde hacía tiempo:
- No es difícil, si intento pensar las cosas en orden y con frialdad, no es difícil. Las emociones, alcanzado un grado, son un tóxico peligroso.
Recordó aquella frase que utilizaba constantemente su amigo el arquitecto: “Menos es más”. Vio su habitación con una luz distinta, suave y reconfortante.
Sentado en la cama, aún no había posado el pie derecho cuando ella comenzó a desperezarse a su espalda, la delató su inconfundible suspiro inconsciente, tantas mañanas durmiendo y despertando con ella, podía interpretar cada uno de sus sonidos y sabía que ese ruido de ratoncita sonámbula era traducible como un buenos días pero aún no.
Había soñado con ella, ahora recordaba vagos flashes mientras la miraba, sin duda los pensamientos de anoche trajeron esos sueños, se durmió pensando en ella, qué rato tan extraño de luces oscuras después de la lectura.
Anoche, después de leer lo que ella le había escrito por sorpresa dobló el papel, lo dejó sobre la mesilla y luego, sin pretenderlo, pensó en ella, en las palabras de aquella carta, en cosas que había olvidado y sin embargo ella recordaba con tanta claridad; tumbado en la cama con los ojos cerrados acabó durmiéndose y soñando con ella y ahora la veía dormir.
Leer, pensar, recordar, soñar, mirar, diferentes senderos que confluyen en un mismo lugar desconocido, como quien se pierde en el monte, como quien está seguro de no haber estado nunca antes aquí y sin embargo ve algo familiar en el paisaje... “yo siempre me pierdo en el mismo camino”, había escuchado esa frase la tarde anterior en algún lado, “siempre en el mismo camino”.
Lo percibió con absoluta claridad, quizá nunca había tenido el pensamiento tan limpio como ahora, en esta extraña y serena mañana, notaba el aire que le rodeaba, era consciente de estar rodeado de aire y de llevarlo a sus pulmones, respiraba ideas nunca antes identificadas y la más obvia, la mejor perfilada era esa: siempre en el mismo camino, siempre el fatigoso viaje a ninguna parte.
Aún dormía abrazada a la almohada y él sólo fue consciente de haber dicho su nombre en alto cuando ella respondió con un leve quejido, nada, dijo, sigue durmiendo. No recordaba haber visto nunca esas tenues pecas en la base del cuello y sin embargo las habría visto tantas miles de veces, cuántas más cosas habría mirado sin ver, cuántos detalles olvidados o nunca registrados, muchos más probablemente de los que ella hablaba en la carta con absoluta naturalidad, pensando sin duda que él también recordaba aquella noche, aquella conversación en la entrada de un puente con un nombre que todavía no había logrado identificar, “antes de empezar a cruzarlo, me agarraste de un brazo y me dijiste...”, había escrito en el papel, un momento que para ella había significado tanto y que él no recordaba haber vivido. Le reconfortó darse cuenta de que hubo una época en que esas cosas le sucedían. Se preguntó cuándo había dejado de detenerse un momento antes de cruzar los puentes, cuándo tiempo hacía que no se sentaba un instante a la orilla del camino para leer, mirar, soñar, pensar o recordar antes de seguir el camino. Siempre hacía todo eso al mismo tiempo que andaba, y acababa perdido entre montañas. Era una canción, sí, la había escuchado en la radio,” tal vez son las brujas, tal vez el destino, yo siempre me pierdo en el mismo camino. Ojalá me hubiera dado cuenta antes: no siempre lo urgente es lo importante”.
Cuando tarareaba mentalmente la música que empezaba a recordar, ella había abierto los ojos y le sonreía. Los pensamientos de ambos se cruzaron en el aire: era el momento de hablar.
- Iba a caminar por la playa, ¿quieres venir?
- Sí, dijo ella.
- ¿Has visto el color del sol hoy? Parece más amarillo. Creo que hoy tiene más luz, concretamente creo que hoy tiene un 12,25% más de luz.
Marina sonrió, - no sé cómo te has levantado hoy, pero ahora te veo optimista y “calculador”-. Le conocía muy bien, un comentario de ese tipo, una broma a primera hora quería decir que la tormenta había pasado y probablemente tendrían algunos días de tranquilidad.
- Sí, lo he notado, imagino que tendrá que ver con la inflación y esas cosas, -añadió entre sonrisas levemente contenidas-, y además noto la arena una 18,23% más húmeda.
No necesitaba nada más, sólo una caricia, o una mirada, o escuchar un suspiro, o ver como andaba, ella sólo necesitaba eso para saber cuál era el estado de ánimo de Miguel, ella no necesitaba analizar nada para saber si su otra parte estaba a su lado o estaba en otro mundo.
- ¿Has soñado anoche?
- Ya no me acuerdo. Me acordé al despertarme, pero lo he olvidado. Algo bueno, creo. ¿Por qué?
El agua no brillaba mucho a esa hora. Por qué existen las mareas, se preguntó. Por qué existen las dudas, se preguntó. ¿Porque existen las preguntas? Esa quietud de la primera mañana debía romperse en algún momento, y no quería que ocurriera.
- Creo que ya me acuerdo. Estábamos paseando por la playa, y entramos en el mar. Nos hicimos el muerto y se hizo de noche.
Se pararon ante una medusa muerta en la orilla.
- Yo una vez soñé también eso. Créeme.
No se dieron cuenta hasta que miraron el reloj. Llevaban caminando dos horas. Un húmedo polvo de agua regaba la sal en el aire. La playa seguía vacía.
- Marina, ¿nos damos la vuelta? La espalda me está empezando a molestar.
- Claro, yo también estoy cansada y estoy recordando que no tenemos nada para comer, tendríamos que preparar algo…
- No te preocupes, te invito a comer en “El aserradero”, el cocido montañés que ponen los martes tiene la virtud de llenarme la barriga sin vaciarme la cartera. Además me tengo que tomar las pastillas.
Las pastillas, las pastillas… por un momento fluyó entre ellos una de esas sensaciones que generan angustia. Las pastillas, las pastillas… los malos recuerdos y peores sensaciones parecía que se iban a apoderar de ese momento. Las pastillas, las pastillas…
Miguel, se volvió a mirar una vez más hacia el fabuloso charco salado, respiró pausadamente, empapó su espíritu de marino y turquesa, de océano y de mar, de nuevo observó la incertidumbre de las olas, ahora vienen, ahora se van, ahora te traen, ahora se llevan, ahora encuentro, ahora despedida. Volvió sobre sus pasos y aprendió las manos de Marina.
Caminaron lentos sobre las brasa de arena, durante unos 200 metros en dirección al asfalto, agarrados de la mano, como con miedo de volver a precipitarse, justo hasta el cruce Norte de los semáforos de Playa Guanacaste, donde se hallaba el Hotel Aserradero.
¿Por qué decidió Marina, elegir ésta ciudad, Liberia, conocida como (La Ciudad Blanca), y éste país, Costa Rica, para realizar éste viaje?, con lo feliz que hubiese sido Miguel volviendo a París, donde se amaron por primera vez.
Al entrar en el hotel, saludaron al “abre puertas”, y se dirigieron directamente hacia el restaurante. Leyeron el cartelón negro y verde de la entrada: “GASTRONOMÍA DE ESPAÑA, HOY, MARTES: OLLA DE COCIDO MONTAÑES”.
Se sentaron junto a la ventana, en una mesa para tres, desde donde aún se podía divisar el mar. Miguel rebuscó en sus bolsillos, hurgó en cada uno de ellos buscando algo, al tiempo que miraba nervioso a Marina.
-¡Las perdí, las perdí, seguro que cayeron en la arena, cuando nos sentamos en la playa!, ¡las he perdido, las he perdido, Marina!, ¿cómo puedo ser tan inútil?
Ella quiso calmarle, contuvo una de sus manos: -Tú no eres un inútil, eres solo un distraído, un metódico despistado, solo eso. ¿Qué has extraviado ésta vez?
-Las llaves, todas las llaves. Las tenía en el bolsillo de detrás de los jeans: la del coche, la de la habitación del hotel, la de la caja de caudales de la habitación, la del mini bar, todas, todas, ¿qué vamos a hacer?
Marina soltó la temblorosa y destilada mano de Miguel, recompuso la figura en el respaldo de su silla, elevó su mano izquierda llamando la atención del camarero, y pidió: - una botella de Sierra Cantabria, Reserva del 97, por favor. – Están en mi bolso Miguel, me las diste cuando comenzamos nuestro paseo por Guanacaste, relájate y disfrutemos del “potaje”, porque es justo lo que estamos necesitando en éste día tan bochornoso y ardiente, un potente puchero, un mar de tempranillo, un dulce postre, una corta sobremesa y una intensa y refrescante siesta.
La terrosa luz de la tarde, acuchillaba la persiana veneciana de la habitación, clavándose mansamente en las baldosas del suelo, mientras el ventilador del techo, de enormes aspas, desparramaba ráfagas de suspiros sobre sus cuerpos transpirados. Miguel se deslizó de la cama y entornó las hojas de la persiana, se fijó en una mujer joven y voluptuosa que bajaba hacia el puerto con un trajín lento, cadencioso y sensual, casi erótico. No la perdió de vista hasta que rodeó el atracadero donde se perdió para siempre, al menos para él. – ¡Qué efímero es el deseo, y cuanto se tarda en amar de verdad!
Aún sin desperezarse volvió su mirada hacia Marina, la persona que mejor conocía su alma en éste mundo. Todavía soñaba. Su cuerpo se abandonaba entre las sutiles sábanas casi incendiándolas con el acariciar de su piel. Siempre dormía con ese suave gesto, con esa dulce expresión, como si nada ni nadie pudiese causarle daño.
Seguía teniendo el hermoso cuerpo que le sedujo en otro tiempo, infantiles dedos en sus diminutos pies, sustentadores de interminables piernas, perfeccionadas con blancos muslos y nevadas colinas, tantas veces besadas, tantas veces labradas; vasos dónde calmar su sed sus pechos, redondos, perfectos, -como Compacts Discs, bromeaba Miguel siempre al desnudarla, ni demasiado grandes ni excesivamente pequeños, sus pezones siempre firmes, -como las gomas de borrar en las que empiezan los lápices, devolvía la broma Marina mientras él la seguía acariciando; un espacioso cuello, siempre lleno de besos, concluido en un largo y enmarañado pelo castaño que escondía una limpia cara, un eterno vestido color sangre en su sonrisa y dos ríos verdes en sus ojos, veraces y profundos.
Así, dormida, desnuda y radiante, simulaba uno de esos numerosos cuadros de hermosas mujeres que en tantas ocasiones había pintado y guardaba en su estudio de Montmartre.